Aquí estoy otra vez mis queridos lectores. En esta oportunidad quería contarles una historia prestada, le pertenece una amiga cuyo nombre no voy a develar.
Se trata de una de esas anécdotas que uno confía a sus amigos/as una noche entre copas. Ella muy amablemente, me permitió contárselas a uds. siempre y cuando no diera su nombre.
Maria Emilia De Lacapocha (obviamente este no es su nombre real) estaba contenta, volvía de su viaje por las sierras de Córdoba, estaba sentadita en la terminal esperando el ómnibus que la devuelva a Rosario, su ciudad natal. Ella no suponía lo que le estaba por suceder (tampoco tanta expectativa que es solo una historia más, y por supuesto que ella no puede ver el futuro).
Por fin llega el momento de irse, ya se estaba aburriendo y tenía sueño, así que planeaba dormir un poco durante el viaje. Sube al bus y ocupa su asiento, “que bueno” pensó, porque le había tocado el lado de la ventanilla, y luego volvió a alegrarse porque junto a ella su apareció un chico muy lindo y bastante simpático, este la saludó y se sentó también (como era de esperarse, no creo que pudiese viajar parado tantas horas, siendo que a su disposición había un asiento que por cierto había pagado, etc., etc.). En seguida “se le puso a hablar”, el muchacho que se llamaba Hernán Jerónimo Castratti (tampoco es su nombre real, ni sé cuál es su nombre real!!) también volvía de sus vacaciones en las sierras, se dedicaba a estudiar canto, también trabajaba y tenía un talento especial que más adelante en mi relato les explicaré.
Emilia no le siguió mucho la charla, ella quería dormir, pero si se había fijado en que Hernán estaba muy bueno (es que medio que se entusiasmó la piba). Pero se acomodó para dormir un rato (se dieron cuenta que mucha gente quiere dormir en el viaje, “así se pasa más rápido” dicen, en realidad cambia la percepción del tiempo, mientras dormimos no somos concientes de este, es decir, el tiempo como que desaparece, qué curioso, no?).
Más adelante el vehículo tiene que detenerse y Emilia se despertó por la frenada un poco brusca, lo miró a Hernán y le preguntó que pasaba, él contestó que no sabía y aprovechando que ella le había hablado le siguió la charla un rato más, preguntándole esas cosas que todos solemos curiosear: ¿de dónde sos? ¿Qué estudiás? Ese tipo de cosas… En un momento de la charla este le dice:
–Dame tu mano.
–No- respondió Emilia, se colocó los auriculares y no habló más.
Otra vez se detiene el colectivo, esta vez se trata de un peaje, Hernán la mira e insiste:
–Dame tu mano.
Y ella acepta, entonces descubre su talento especial, Hernán sabía dar excelentes masajes en las manos. Una rareza, no lo sé, la cuestión es que a Emilia le encantaron, tanto que ya no pudo más, y se rindió ante la primer insinuación de beso.
Se besaron todo el camino de regreso a Rosario. Nunca la habían besado así, tan dulcemente…
Si el lector se pregunta si así es como termina la historia, pues si, así termina. Nunca más se volvieron a ver, aunque intercambiaron teléfonos y quedaron en salir algún día. Ninguno hizo el intento, todo terminó allí, en besos y viaje.
(¡¡Qué barbarida’!!)
Re Flauta: Vicky querida… ¿Por qué tus amigas están todas locas? (No contestes es una pregunta retórica)














